1. Dicho de un ave: Mover frecuentemente las alas sin echar a volar.
2. Dicho de un pez: Mover frecuentemente las aletas cuando se lo saca del agua.
3. Mover los brazos a modo de alas.
4. Cobrar aliento.
martes, 16 de septiembre de 2008
miércoles, 3 de septiembre de 2008
descompensados
Y parecía que las palabras sobraban.
Pero no sobraba nada. Todo lo que hacía es faltar.
Faltaban días, oportunidades de querer, rincones para saciar el deseo. Faltaban los desayunos tostados, faltaba un futuro, faltaba la proporción. No encontraba la mesura, la cordura, la razón de ser.
Se abrazaba a su cintura con ganas de no soltarse nunca. Y rodaban rápido. Caprichosos. Lo único que se veía claramente era su sombra fugaz en el camino. Descompensados, se aferraban el uno al otro sin equilibrio y sólo tenían graduación para ver hasta mañana.
Pasado será otra historia. No sobraba hoy, pero pasado faltaba.
lunes, 7 de julio de 2008
Atitlán
lunes, 19 de mayo de 2008
esquina

Se volvió a encontrar con la misma esquina, la misma puesta de sol y la misma fecha.
Se descolgaba de su boca como un beso tardío. Y caía el sol.
Esta vez la vista estaba clara. No hacían falta alucinógenos. La claridad de su soledad cristalina era como un regalo. La misma soledad que parecía un castigo meses atrás ahora le regalaba estos momentos. Los que trataban de acercarse veían la misma puesta de sol y se estremecían sin palabras.
La oscuridad relucía. Ese instante de plata quedaría oculto bajo los adoquines para cuando alguien viniera buscando su paz. La sonoridad de sus vibraciones teñía de blanco sus palabras y él se acercaba solo para compartir ese baño de vida.
Juntos, la soledad se desvanecía pero el esplendor se mantuvo. Ciego. Pero tan cálido.
domingo, 2 de marzo de 2008
jueves, 21 de febrero de 2008
detalles
El traqueteo del tren mecía sus pensamientos hasta reconciliar unos con otros. Las ideas de desilusión y ocaso con las de querer amanecer. Los detalles. La obsesión por los detalles.
El primer detalle con el que se reconcilió fue la ligera torcedura de sus labios al reír. La inocencia no pretendida. La fortaleza heredada. Los contrastes graves que siempre lograban desarmarla. La paz de un sueño no inventado. La tranquilidad de una promesa sin mañana. No eran sólo unos labios y una mueca. Era la posibilidad de inclinarse sobre su hombro en cualquier momento de apacible espontaneidad. Era no pensar en nada. Frenar ese gesto de un beso y saber a sal.
La brutalidad de la incomunicación y la certeza de la explícita ausencia apagaron el sabor.
Pero hay más detalles con los que se reconcilia. De-ta-lles.
El tren para en la estación de Leylilaan y los autómatas suben y bajan del tren como hormigas con instrucciones precisas.
"Te regalo los sauces que aún no he visto si puedo recordar tu perfil sin que lo difuminen los días. Sin que se convierta en otro. Si me dejas tus detalles".
ola
Era metódico en sus quehaceres, sus trabajos y su vida. Se apartaba el flequillo de la frente siempre con la misma mano y llamaba a las cosas por su nombre. El suyo. El que él le daba.
Aventurero a su manera, recordaba las cosas como se recuerda un punto de luz una vez cerrados los ojos: desvaneciendose. Lo que los demás llamamos memoria de pez y él llamaba memoria desvaneciente. Esta peculiaridad me permitió desnudarme ante él mil veces por primera vez y llamarme Ana, Begoña, Andrea e Isabel. Su característica singularidad me ofreció a mi cien vidas.
Cada día era una sorpresa, cada playa un hallazgo y cada caricia un escalofrío.
Pero no llegó nunca la confianza que se destila del tiempo. De la repetición. Se nos olvidó darle nombre y, al verla desatendida, se la llevó una ola.
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